miércoles, 27 de febrero de 2008
ARRUGAS
INVITADOS ESTELARES: Lola (Gloria Soto), Cla (Clara Dublanc),Mónica (Mónica Oliva)
LOLA
Arrugas
Entró al “walk in closet” y una vez mas no pudo evita sentir asombro por la belleza y el orden de ese recinto. A la derecha se disponían dos percheros que dejaban caer vestidos, blusas, chaquetas y largos abrigos de variados colores y texturas. A la izquierda varias repisas mantenían en estricto orden poleras y sweaters, separados entre si por colores, con claro predominio del blanco y negro. Bajo las repisas cajones con tiradores de bronce guardaban la ropa interior con sus encajes, pañuelos, bufandas, guantes, cinturones y otros accesorios. Pero sin duda lo que a ella mas le atraía era el perchero del fondo donde descansaban los trajes de fiesta, con esos brillos y satines que tanto le gustaban.
Esta vez ella sabia que disponía solo de una hora por lo que evitó distraerse con las telas y colores que llenaban el lugar. Se dirigió al perchero del fondo y descolgó el vestido negro ajustado, ese que aun no había tenido oportunidad de ponerse. Lo tomó cuidadosamente y con gran delicadeza lo extendió sobre la cama. Era un ritual, extender los vestidos sobre la cama para admirarlos antes de ponérselos. La seda negra se dejo caer sensualmente sobre el cubrecama blanco y a ella le pareció que ese contraste de texturas y colores lo hacia ver aun mas hermoso. La escena hubiera sido perfecta de no haber sido por unas pocas arrugas que quebraban la suavidad de la luz reflejada en la seda. Sin importar cuanto cuidado pusiera al colgar cada vestido, la inmovilidad y el tiempo siempre dejaban su huella. A veces pensaba que era una forma de reclamar por el abandono a que estaban sometidos. entonces hizo lo que sabia tenia que hacer, tomó el vestido y lo llevó a la pieza de planchado donde en un ritual marcado por la paciencia procedió a borrar las arrugas una a una, hasta que la seda volvió a reflejar la luz sin distorsiones. Volvió al dormitorio y tras extender el vestido con suavidad sobre la cama, se sacó la ropa, lo tomó con extremo cuidado y lo deslizó sobre su cuerpo. Sintió la suavidad de la tela sobre su piel desnuda y supo que le quedaba bien, incluso antes de enfrentar el espejo. El escote era profundo pero elegante, la espalda descubierta se extendía hasta su bien formada cintura. La seda moldeaba sus muslos al caminar y al soltarse el pelo le gustó el efecto de la luz insinuándose entre el negro de la tela y el de su pelo en movimiento. Buscó en el cajón de accesorios los aros plateados y al ponérselos supo que eran los correctos. El collar que complementaba los aros no hizo más que ratificar su buena elección. Fue al rincón de los zapatos y eligió los negros de taco alto y tiras finas, le quedaban un poco estrechos pero la hacían verse mas alta y espigada. Vestida así se miró al espejo y lo que vio le gustó. Le fascinó el movimiento de la seda, acoplado pero a la vez independiente a sus propios movimientos. Giró para mirarse por atrás, y también de lado. Caminó como si estuviera modelando en una pasarela mientras miraba de reojo el reflejo de su imagen en el espejo y tras reiterar innumerables veces la acción de mirarse y gustarse supo que la hora había llegado. Entonces se sacó los aros, el collar, los zapatos, y los guardó en su lugar. Se sacó el vestido y lo extendió sobre la cama. Se puso su ropa y se tomo el pelo. Tomó el vestido, acarició su tela, y antes de colgarlo junto a los otros vestidos de fiesta, hizo lo que siempre hacia y tanto dolor le causaba: tomó la tela con sus manos y las empuño imprimiéndole arrugas que nuevamente distorsionaron el reflejo de la luz, como surcos alegando por un largo abandono. Sin mirar atrás bajó al primer piso y mientras lo hacia sintió sonar el timbre que desde hacia una hora sabia que iba a sonar. Abrió la puerta y dijo con una amable sonrisa: Buenas noches señora Catalina, que bueno que llegó, la cena esta lista, los niños duermen y recién termine de planchar.
RAU
Arrugas en el tiempo
Algunos acontecimientos de mi vida, que ya deberían estar olvidados, por lo lejanos, me resurgen vívidamente, como si hubieran sucedido ayer…Es como si el tiempo tuviera arrugas, que distorsiona con sus ondulaciones, el sentido de mi memoria, y me hacen confundir lo lejano con lo presente…
Soy un niño de 6 años y estoy en cama en casa de mi abuela. Tengo una enfermedad grave a los riñones y me han dicho que no puedo moverme, a riesgo de morirme…
Mis padres me han llevado allá, por recomendación del médico, para alejarme de la trifulca de mis tres hermanos menores…
Mi abuela enviudó siendo joven, y quedó con cuatro hijos, que sacó adelante con gran esfuerzo. Es profesora normalista, de modo que fundó un pequeño colegio de educación básica, al que llamó Colegio del Sagrado Corazón. El colegio funciona en la planta baja, y en el segundo piso están sus habitaciones privadas…
Su dormitorio es muy grande y tiene 2 camas, separadas por un velador, en una de las cuales me han dejado acostado. Ella duerme en la cama del lado, y durante la noche se acerca silenciosa para comprobar si todavía estoy respirando.
Mi abuela es muy religiosa, y en la mañana se levanta de madrugada, vestida con su traje negro, en puntillas para que yo no me despierte. Yo me despierto igual, pero me hago el dormido. Toma su velo y su rosario y parte a misa.
Cuando regresa, pasa a saludarme brevemente, y junto a la nana, me hacen una camillita con las manos, y me trasladan a la cama de la abuela, que está recién hecha.
Y en la tarde, después de clases, mi abuela sube junto a otras profesoras, y algunos alumnos, y se hincan alrededor de mi cama, y se ponen a rezar el rosario…. Todos se dirigen a una virgen que se encuentra sobre un pedestal, a orillas de mi cama. A veces fijan la miradaen mí, o un cuadro muy grande, donde aparece Jesús, mostrando su corazón que está como en llamas…Cuando terminan de rezar, yo ya estoy durmiendo…
Casi al anochecer, llega el doctor y me pone la inyección diaria. Me pincha las nalgas una por vez, y yo a veces lloro
Estoy así todo el día, recibiendo atenciones o palabras cariñosas, que yo normalmente no contesto. Solo los quedo mirando.
Estoy cansado de ser el centro de atención de todos.
Pero en las mañanas, cuando la nana termina de darme el desayuno y da por finalizado el aseo del piso, y desaperece en otros quehaceres, yo por fin me quedo solo-solo en el gran dormitorio. Apenas se escuchan los sonidos amortiguados de los estudiantes, o la campana que anuncia el término del recreo…
Esa soledad y silencio se transforma en mi momento personal. Comienzo recién a sentir mi propio cuerpo, y mis respiraciones…. No me muevo en mi cama. Estoy estático sintiendo y escuchando los tic tac del reloj, los pequeños crujidos de la madera, un grillo que canta, las vibraciones de un cristal,…De pronto el sonido de pequeños pies que avanzan, primero tímidamente, luego en tropel…, son 5, 6 o 7 lauchitas que corren nerviosas saliendo de un agujero, para entrar a otro…
Tengo recuerdos extasiados de esos momentos solitarios y silenciosos. El de los micro sonidos, los micro movimientos, las demostraciones más sutiles de la vida…, que por su sutileza se acercan al primer chispazo de vida…
Nunca fui muy conciente de la gravedad de mi enfermedad, sin embargo atesoro esos momentos mágicos, que fueron vividos día a día durante muchos meses…. Aprendí a amar el silencio y la quietud, que hoy, ya maduro, me siguen deleitando…
Otro pliegue en el tiempo, me lleva a mis primeros días de vida. Mi madre, inexperta con su primer hijo, me tiene amarrados los brazos a ambos lados, forrado de chales. Lo hace para que no me arañe con mis manos. Estoy metido como dentro de un capullo de larva, como una momia egipcia. Me cuesta respirar, y mi único movimiento posible es mover mis ojos. Cuando mi mamá se acerca, yo la miro con ojos de cariño para que entienda que yo la quiero. Otras veces, cuando tengo hambre, pongo una mirada de desierto, y le mando mensajes con mis pensamientos. Parece que ella me entendiera, porque se abre el escote, y saca su seno lleno de luz, y me lo acerca a la boca …
En mi segundo mes, me liberan de esa tortura, y puedo recién experimentar mis brazos y manos. Sin embargo he aprendido que para comunicarme, me bastan mis ojos y mis pensamientos…
Y sigo recorriendo mis pliegues y arrugas del tiempo. Esta vez soy estudiante universitario. Estoy reposando sobre la cama de mi dormitorio, después de almuerzo. Estoy escuchando las cuatro estaciones de Vivaldi, y experimentando como mi cuerpo está comenzando a levitar. En ese tiempo leía a Lobsang Rampa, que explicaba que las almas están conectadas a una cadena de plata, para que no se extravíen de su cuerpo terrenal. Sigo ascendiendo, con los ojos cerrados, como si flotara. La sensación es muy placentera, pero inquietante. Abro los ojos, y veo que mi cuerpo está pegado a las tablas del cielo. Veo entre los intersticios de las tablas el polvo acumulado y pequeñas telas de arañas…Me asusta estar volando tan alto, y mi alma cae como si se desmoronara hacia mi cuerpo….
Reuniendo estas experiencias, me doy cuenta porqué me gusta la quietud y el silencio. La vida me ha dado un entrenamiento previo, y he descubierto que mi ser interno, mi alma, es una entidad poderosa, sabia, atemporal, que me acompaña permanentemente con su gracia y su sabiduría…, aventajando por mucho a mi torpe cuerpo material…
CHINCHE
Lidia
Ñuñoa, algún día de 1957 en el patio de nuestra casa de Alcázar
¿Tita por qué tu mamá tiene tantas arrugas?
No se, desde que la conozco tiene la cara así, arrugadita…
¿No se echa crema para las arrugas?
Un millón de cremas todas las noches.
Mi mamá dice que a lo mejor no toma agua entonces se secó.
No creo, yo veo que toma café muchas veces al día y agua también. No toma vino pero agua si. Yo he visto que cuando se lava los dientes toma agua. ¿La tuya toma mucha agua?
Tampoco la he visto, pero debe tomar porque no tiene arrugas, o sea tiene unas pocas pero no tantas como la tuya. ¿Tú tienes arrugas?
No parece que no tengo ¿y tu?
Yo no tengo, pero anoche me asusté. Me metieron a la tina para bañarme. El agua estaba rica y practiqué haciendo chinas. Lo pasé bien, pero parece que a mi mamá se le olvidó que estaba bañándome. Me miré los dedos de la mano y te juro Tita que vi la cara de tu mamá en la punta de mis dedos. Mis dedos estaban arrugados y yo creí que nunca más iban a estar lisos. Me dio susto y pensé que lo del agua no tiene nada que ver. Imagínate estaba en el agua, había mucho agua y mis dedos no eran mis dedos. Eran como papel de dulce arrugado, me dio tanto miedo… Mi mamá, ya cuando el agua estaba fría me fue a sacar de la tina, pero mis dedos seguían así como un acordeón. Casi lloro, pero fui valiente y no lloré para afuera, un poquito para adentro pero no se notó.
Le volví a preguntar a mi mamá por las arrugas y el agua, quería que me lo explicara. Me dijo, son las hormonas.
¿Sabes lo que son las hormonas? ¿Tienen algo que ver con el agua?
Nunca había escuchado esa palabra, voy a preguntarle a alguien y te cuento.
Mamá ¿Quién tiene hormonas? Todos me contesta, pero me doy cuenta que me lo dijo para que no preguntara más. Ojalá
¿Averiguaste eso de las hormonas?
Nadie me quiere contestar, pero debe ser algo que hace crecer las uñas. ¿Porque me dices eso? Obvio, mi mamá tiene uñas largas y la tuya no, entonces mi mamá tiene hormonas y la tuya no tiene. Otra diferencia es que tu mamá fuma ¿tendrá algo que ver el humo con las hormonas?
¿Tú crees? ¿Sabes lo que es la menopausia? Escuché esa palabra pero no se lo que significa, y la dijeron cuando volví a preguntar de las hormonas…
Yo creo que nos engañan y hay algo que no quieren que sepamos… averigüemos…
¿Tita tu mamá es muy vieja? A lo mejor por eso es arrugada…
No es vieja, o sea un poco, pero es más joven que mi abuela y tiene más arrugas que ella. Seguro que mi papá es un poco más viejo y no tiene arrugas.
Tita, que inteligente eres: ¡Tienes razón! Obvio, tu abuela es más vieja… y de verdad tiene menos arrugas.
A lo mejor si todos nos portamos bien con ella las arrugas no le duelen y se ríe y se pone contenta. ¿Tú mamá se ríe mucho, ella no tiene arrugas?
Mmmm, no se….
CLARA
(sobre la piel)
Mírame – ella lo miraba fijamente escudriñando cualquier gesto que pudiera ser interpretado como una señal.
Mírame y dime si no me deseas.
Sabiendo que no era el quien debía juzgar, sino que era el condenado en el momento de recibir sentencia, José se quedo quieto, inmóvil, ni siquiera la piel temblaba. Sabia que aquellas palabras podrían ser las ultimas y por un instante se imagino en frente de una horda, culpable, la soga al cuello a punto de saltar. Que decir.
No seas romántico, pensó, si ya no hay vuelta atrás.
No hay respuesta si no existen las preguntas.
Ella, desnuda en frente, blanca. Con todos sus fantasmas encima, con sus horas de gimnasio, con sus dietas y cremas. La piel estremeciéndose. El estaba vestido acentuando la blancura de la piel. Culpable de mirarla y excitado al mismo tiempo. Demasiada piel para este espacio blanco, demasiada luz para ese cuerpo. Debería bajar los ojos – tuvo el instinto – pero prolongo aquella inmovilidad, aquel instante que era todo lo que le pertenecía, la posibilidad de avanzar y poseerla.
Que raro, pensó el. Nunca la había deseado tanto. Y nunca ella había estado tan inaccesible. En ese instante que siguió, José se sintió invisible. Ella no lo miraba a el, es decir, el estaba en frente de ella, con su cuerpo y sus años, pero no era el. Era solo el reflejo de ella, como si aquellas horas en frente al espejo, escudriñándose, mirándose, juzgándose: las bolsas bajo los ojos, los pechos en gravedad, las marcas de emociones acumuladas, se hubieran proyectado en su cuerpo y en sus años.
No la reconocía, poco a poco su mujer había dejado de ser ella para convertirse en un ser genérico, sin risas y sin pliegues. Y por eso la deseaba, porque sabia que sus gemidos no serian los de una vez y sus temblores también serian los de otra mujer, los de cualquier mujer. Y sabia también que ella no haría el amor con el, sino que con ese otro cuerpo que perseguía desde hace tanto.
No hay relación posible, pensó, no hay ya nada entre nosotros. Ella no me habla, ella no me mira. Ella desea y desea ser deseada por aquel cuerpo imposible, por aquel cuerpo que se le escapa entre las manos, cada año, cada momento, cada mañana parada en la pesa, cada rayo de sol.
No hay una respuesta correcta.
Sabia que no la podría tener esta noche, sabia que ella moriría y reviviría y sabia que esta situación se repetiría, con mas angustia y mas arrugas. Y también sabia que su veredicto ya era culpable. Lo había sido siempre. Y el no se rebelaría, nunca clamaría inocencia porque no era el, sino aquel cuerpo y aquellos años los juzgados. Ella no comunicaba. Los sonidos en su boca retrocedían y se ahogaban perdiendo sentido.
Hace frío – finalmente articulo - vestite.
Camino con paso solemne hacia el armario-patíbulo, saco su bata celeste y delicadamente la rodeo en olor a lejía y jabón. La tomo tiernamente entre sus brazos, ella disminuía de tamaño cada vez, era un niño.
Eres un niño llorón y malcriado – pensó José – pero no te preocupes que mama sabe perdonar.
El era culpable y ella moría en sacrificio, el ritual semanal se repetía, simbólicamente, cada uno actuaba con convicción sus partes, repetía sus líneas. La deposito en la cama, la colcha blanca se ahondo para recibir ese vestigio humano.
Te quiero – le dijo con voz pastosa al oído – ahora dormite.
Se dio media vuelta y salio, la puerta entreabierta, si igual la privacidad no existe cuando vives solo.
GUSI
S o b r e
Temo a la interpretación y nostlagio la ingenuidad.
Me gustaría poder ver las camas con deseo. Hoy, de aquel sentimiento sólo quedan en mi memoria puras sensaciones; piernas muertas, pesadas, cayendo más allá del suelo entre suaves espumas y gigantes lienzos de algodón rosa.
Mi cama de niñez, mi cama de madera, mi cama justa, mi cama como espacio de devoción, mi cama como el único lugar del mundo luego de agotarme jugando a los disfraces con la vecina.
Nostalgio la sensación de deseo desinteresado; la horizontalidad desinteresada de la cama asexuada para quien sólo quiere soñar y descansar.
Pero eso es un recuerdo, un exagerado recuerdo, así que ya ni en eso creo.
Me he cansado de discursos, del interés oculto de habladurías políticas. Soy yo quien lidia con sábanas sucias diariamente, y quien no haya visto –realmente visto- pelo ajeno entre las gastadas hebras de una funda de mala muerte, conoce verdaderamente algo de la vida. Sólo la mezcla entre los impregnados residuos del olor de incontables cuerpos en las telas, sumados a la contingencia de las motas del algodón añejo en una colcha de franela acrílica, permite entender qué es ya no poder dormir sobre la cama propia.
Soy yo quien ya no desea.
Lamento parecer repetitiva, pero las cosas son como son; son lo que parecen. Esto es lo que pienso, y es el único modo de combatir la enfermedad contemporánea por excelencia; la hiper interpretación.
La gente miente y las camas no.
Volviendo a mi tragedia -porque lo es- ojalá pervirtiese la cama, ojalá fuese eso. Ojalá viese únicamente sexo en ella, pero es peor. Padezco la segunda peor de las enfermedades – luego de la ya nombrada- y no hablo de insomnio. Desde que trabajo en este lugar, lo sé todo, incluso lo que no quiero saber. Sé el engaño, las manías, los amores, la muerte y sobretodo los pecados de quien duerme en estas camas. Cosas que jamás saldrían – ni en un confesionario- de la boca de las personas.
Me enfrento a fragmentos de vidas, fragmentos que sumo como totales, y reales. Texturas, retazos, pequeños montículos que conforman mapas topográficos delatadores de vida sucia.
Lo sé ¿Cómo algo muerto, cómo un mueble, cómo lo estático podría ser más verdadero que un relato, una vivencia, una historia incluso bien contada? Bueno, por lo mismo. Es la sospecha del habla en todas sus formas; demasiado móvil, demasiado aéreo. A mi la abstracción me supera, la posibilidad de una imagen en la conciencia me da náusea.
Padezco de la intuición que se da sobre las camas.
Leo lo esencial y siniestro de un cuerpo muerto que abandona su energía y último hálito de negra honestidad en esta superficie que parece ser sólo un soporte sin identidad.
La cama parece y la gente aparece.
Yo estoy oculta bajo mis ojeras, bajo el dolor lumbar de aparentar dormir sobre un sillón, pero por sobretodo, oculta en el miedo de saber lo que me he esforzado tanto por auto esconder toda la vida.
De este modo es como llegué este estado; ya no duermo en camas, y si lo hago, espero enceguecer o no despertar nunca.
MÓNICA
Las gotas
“… un ser dotado de increíble poder creativo decidió en un distante pasado hacerse universo, transformarse en miríadas de otros seres que un día serían como él: creadores grandes y plenos. Al hacerlo se desprendió de partes de su ser, dando lugar a un número increíble de gotas de conciencia divina, con el potencial de un autodesarrollo infinito…” (Fausto Carotenutto en “El misterio de la situación internacional”)
¿Cómo se vuelve para adentro? ¿Solo muriendo? Tanto afuera, tanto afuera, con caminos pedregosos, escarpados, de aventura ascendente que desciende, los caminos que se inundan con las lluvias y tormentas, las arrugas de los gestos que se secan con el clima enloquecido y resquebrájase el desierto de las almas ciudadanas. ¡Ay! Caminando en dirección a la condena, nadie zafa, yo me arrugo, yo me enfermo, yo me parto de dolor. Es el miedo frente al misterio de la puerta. ¿Solo muriendo? El afuera y el adentro que no es lo mismo desde afuera o desde adentro. ¿Cómo se vuelve para adentro?
El adentro que se vuelve para adentro se hace afuera de verdad, o el afuera que es capaz de ser afuera desde adentro es adentro. Volver adentro de este mundo en el que estamos tan afuera. La piel que nos separa delimita el afuera y el adentro: nos arruga la ilusoria realidad de los sentidos que forma el cuerpo. ¿Quién la penetra? ¿Dónde el tacto, tan tan, fino, cuyo roce abre la puerta? El camino que recorro se me marca en la piel, el globo etéreo condensado que me envuelve, brazos, piernas, torso, y la cabeza, pobre cabeza el reflejo de la gota de agua vieja. Yo me arrugo ante la vida, ¿y la puerta?¿solo muriendo? Cuatro brazos, cuatro piernas, dando vueltas, giro eterno de los hombres de Platón…
La guaguita es rozagante. Es redonda como gota de agua viva, no tan fácil de encontrar en el presente de tantas guaguas desvalidas. El color de su piel es una esfera tensionada desde el centro del adentro que está afuera al infinito. Es brillante y transparente, de un color que si se ve hierve la sangre. Es una gota detenida en su esplendor que ya no explota porque el niño ha nacido en esta tierra, es decir ha comenzado a morir. La tensión ahora le viene desde afuera en el baile de la vida divertida y lo comienza a comprimir. ¡Qué cabeza más grandota tenía el niño!
El anciano arrugado está quemado por el sol, por tantos soles que lo vieron despertar. Tanto afuera, tanto afuera, que presiona en la vida para adentro, forma el gesto en la mejilla, en la boca, en los ojos, el mentón y hasta en las manos. La tensión que sonrosaba la piel desde el adentro, coincidente con el infinito afuera de los astros, desvanece. Se envejece. El hombre lucha ¿Cómo se vuelve a la fuerza desde adentro que derrote a la succión que labra arrugas en la piel en la batalla? ¿Solo muriendo? El rostro del anciano es succionado y, busca ese adentro coincidente con el infinito afuera que ha perdido y el anciano se contrae cada vez más. El mundo aprieta. La puerta llama indefectible. Es un llamado a despertar y ver el sol, y no que el sol una vez más vea al anciano abrir los ojos sin abrirlos. ¿Cómo se vuelve para adentro? El llamado es aspirante, la chupada es sibilante porque el viejo aún le opone resistencia. Es el miedo frente al misterio de la puerta. Duele el alma en la fuerza de la vida en el baile contractivo ¿Cómo se sale para afuera de la piel que se chamusca por el sol que yo no veo? ¿Cómo se baila la expansión?
Por un instante espío tras la puerta. El globo etéreo, que forma el cuerpo delimitado en la piel, se acerca a otro, se contactan. ¿Quién penetra en la piel? ¿Dónde el tacto cuyo roce abre la puerta? ¿Cómo únense las gotas en el mar?
Las dos gotas que se acercan son bien tersas. Es la ilusión de los sentidos de la guagua, aún dormida, y del viejo, tan despierto, que se ensueñan en el contacto de las dos gotas de piel…
Tema: Sexo con Amor
Invitado estrella: Jose E.
RAU
Sexo con Amor
Igor, mi compañero de colegio llegó agitado esa mañana a clases. Estudiábamos en el Colegio de los Sagrados Corazones, y la disciplina era estricta. Un rezo en la mañana y misa obligatoria los miércoles en la capilla del colegio…, y silencio absoluto durante las clases.
En el recreo, Igor por fin, pudo dar rienda suelta a su inquietud…
Era un joven judío-ruso, hijo de un próspero comerciante en telas, que había llegado a comienzos de la revolución rusa. Se había casado con chilena, pero continuaba manteniendo las tradiciones de su país.
Egor ¡!, …le había dicho la noche anterior, en su tosco español. Tu ya cumpliste 15 años, y debes transformarte en un hombre. Aquí tienes un adicional a tu mesada, para que vayas a prostitutas…!!
Igor, recibió esta noticia como una orden de su padre, y recurrió a nosotros, sus íntimos amigos, para elaborar una estrategia. Ninguno de nosotros teníamos experiencia en esas lídes, y nos manteníamos aún vírgenes en ese colegio de hombres, y sin ninguna instrucción en la materia.
La mesada de su padre alcanzaba para el grupo completo, formado por 4 compañeros. De modo que esa tarde de invierno, arropados hasta la cabeza, decidimos valientemente salir a explorar el territorio.
Nos encaminamos a los prostíbulos de Valparaíso, en la zona bohemia del puerto, famosa por sus bares y cantinas de mala muerte. Nos bajamos en el barrio del mercado, y comenzamos a recorrer las calles para encontrar el antro que nos acomodara. Ya estaba anocheciendo cuando llegamos a la zona roja. Sonaba música de tango, y en la puerta aparecían mujeres insinuantes, que susurraban a los peatones.
Con ánimo de boy scout ingresamos al recinto, débilmente iluminado, y con voz ronca, para que no se descubriera nuestra corta edad, solicitamos que nos trajeran a las mujeres. Nos hicieron pasar a un salón interior, donde había dos parejas bailando, y un gruposurtido de mujeres reposaban sobre los sillones. Al piano un marica cantaba un cuplé, siendo coreado lánguidamente por el grupo… Nos sentaron en una pequeña mesa en torno a la pista, y pedimos un jarro de cleri. A medida que nuestros ojos se acostumbraban a la oscuridad era posible observar a los bailarines. Uno parecía un campesino enano, con su poncho de castillo negro, bailando con una gorda descomunal. El otro era un hombre extremadamente flaco, vestido con una chaqueta grasienta y corbata, que se entretenía en meter las manos entre las nalgas de su acompañante. Lo hacía con tal concentración, como en un proceso de auscultación, que Igor seriamente comentó que debiera ser médico…
Ya teníamos nuestro jarro de vino consumido, cuando apareció la regenta, para apurar nuestra elección.
Ya chiquillos, nos dijo. Busquen a su mina, rapidito, antes que se les haga muy tarde. Y miró hacia el grupo de mujeres que fumaban en torno a un bracero en el suelo.
Uno a uno nos fuimos incorporando. La primera elección se le dejamos a Igor, quien en su papel de financista del grupo tenía el privilegio de elegir a la mas bella. Yo fui el último en aproximarme.
Solo quedaban 2 mujeres disponibles. Eran bajas y macizas, vestidas de oscuro, que en silencio me miraban atentamente, sin soltar sus cigarrillos. Instintivamente elegí a la que me pareció mas joven. Me tomó de la mano, y me condujo hacia la escala. En el segundo piso ingresamos a una pequeña pieza, donde había una silla, una cama de una plaza, y un lavatorio de porcelana sobre un atril metálico, con un jarro para lavarse.
Desde la ventana se veía el brillo de las luces de neón de un letrero cercano, que cambiaba sus colores con intermitencia. Se escuchaba la música sobrepuesta de los bares cercanos, y uno que otro grito de algún borracho pendenciero.
Era mi primera aproximación con una mujer, de modo que estaba desconcertado y no me sabía el ritual que correspondía. Lo primero que hice fue abrazarla, y comencé a besarle el rostro, y a agarrarle el trasero. Solo sentía su olor a transpiración seca, y una sensación de asco.
Cuando intenté darle un beso en la boca, me paró en seco. Me dijo, oye gueón, viniste a culiar o a atracar ???
Inmediatamente, se desnudó completamente y se metió en la cama. Yo la seguí velozmente, pero sabía de antemano que me dirigía a una batalla en la que no saldría victorioso. Pasé los primeros minutos recorriendo ese cuerpo de cachalote helado. Cuando me aproximé a su sexo, un olor putrefacto me dejó inmovilizado… Me quedé paralizado, sin mover un solo músculo, helado como témpano, con la líbido en cero…
Le entregué el billete arrugado que me había pasado Igor con anticipación, y procedí a vestirme nuevamente, temblando.
No solo era el frío de la habitación lo que me hacía temblar, era el descubrimiento profundo de que el sexo sin amor, me dejaba sin alma, sin esencia, sin humanidad…
Mi inicio sexual llegaría muy pronto, de la mano de un gran amor…, pero eso es otra historia.
JOSE
Medias Palabras
Se abrazaron cariñosamente. Hacía unos diez años que no se veían, y ambos se sorprendieron al comprobar lo poco que habían cambiado. Con la excepción, claro, del hábito que ahora Tomás vestía.
Andrea y Tomás se habían conocido en la facultad de psicología donde fueron compañeros durante cuatro años. Al quinto año Tomás abandonó inesperadamente la universidad y entró al seminario. Desde entonces ambos perdieron contacto, pese a la profunda amistad que durante cuatro años los unió. Algunas semanas atrás se habían topado casualmente en la calle, y ya que ambos tenían cosas que hacer al momento, quedaron de juntarse luego a beber un café, o algo por el estilo.
Luego de perder unos quince minutos en las estúpidas preguntas de rigor que conforman toda conversación entre dos desconocidos, se sintieron ya en confianza para conversar como los amigos que –los dos lo sabían desde un principio– aún eran.
– Nunca dejó de sorprenderme que tomaras la decisión de hacerte sacerdote, Tomás. Incluso ahora que te veo uniformado, me parece algo francamente incomprensible.
Tomás sonrió, dejando la taza sobre la mesa. Sin duda esperaba esta clase de comentario por parte de su antigua amiga. Tenía pues la respuesta a flor de boca,
– ¿Por qué lo dices? Siempre supiste de mis inclinaciones religiosas. Creo incluso haber conversado contigo algunas veces sobre ello.
– Es verdad –respondió Andrea–, pero aquello de lo que entonces sabía sobre todo era de tu
inclinación por las mujeres. Y de eso sí que conversábamos, casi todos los días. Dicho sea de paso, la inclinación esta no era muy mística ni pura que digamos. –Tomás miró hacia el lado, intentando tal vez esquivar el tema. Andrea, que así interpretó su gesto continuó sin embargo– No pasaba mes del año en que no estuvieras envuelto con alguna chica. Y tus affaires no se limitaban a ir a tomar helado o ver películas con ellas. Eras un donjuán y también, dicho en buen chileno, un calentón. –Andrea rió de buena gana. Tomás rió también, aunque no tan entusiasta. Bebieron ambos un sorbo de café.
– Te concedo que me gustaba mucho salir con mujeres, pero en lo de calentón te equivocas. No te voy a negar que me acosté con muchas de ellas, pero precisamente estas experiencias me enseñaron que el sexo está sobrevalorado. El amor en cambio, que los católicos llamamos caridad, es algo que comprendí sí tiene un valor que... –Tomás no pudo terminar la frase. Andrea, haciendo un gesto desaprobatorio con la mano lo interrumpió bruscamente.
– Por favor Tomás... si hay algo sobrevalorado en el mundo, eso es precisamente el amor... o caridad, como tu lo llamas. –Tomás no disimuló su sorpresa. Según recordaba, Andrea solía hablar sinceramente del amor como de algo a lo que deseaba consagrar su vida.
– Parece ser –respondió el sacerdote– que ahora el sorprendido soy yo. Te recordaba como una persona más bien romántica. Además, según he sabido, siempre has mantenido relaciones largas...
– Eso fue hace tiempo Tomás. Hace bastante que dejé esas ideas ingenuas sobre el amor. Y sí, es verdad; he mantenido varias relaciones “duraderas” –dijo haciendo un gesto de cremillas con los dedos– Pero por frívolo que te parezca, ha sido con el objeto de tener un cuerpo al que abrazarme cuando termina el día. Precisamente por el sexo, que tu tildas de sobrevalorado, y que, te digo, es lo único que realmente mantiene a dos personas juntas. El resto son boberías.
– Pero –preguntó inquisitivo Tomás– ¿por qué darse entonces la molestia de mantenerse con una persona, y no más bien con cualquiera que se te cruce cada día por enfrente?
A Andrea no le gustó el tono de Tomás. Dibujando una mueca le contestó irónicamente
– Piénsalo como una inversión. El buen sexo con ustedes los hombres no es cosa fácil, aunque trabajándolo, mejora con el tiempo. Por eso cambiar de pareja a cada momento es equivalente a comenzar siempre de cero. Tú, Tomás, debieras saberlo mejor que nadie...
Hubo un largo silencio que heló el ambiente. Un minuto después reanudaron la conversación cambiando de tema. Pero ambos habían vuelto ahora a comportarse como dos extraños, y los quince minutos más que duró su reunión los llevaron ambos penosamente mediante el absurdo blabla de rigor al que ya nos referimos. Se despidieron luego apresuradamente y emprendieron ambos su camino.
Pero el motivo de su repentina incomodidad y su posterior prisa por concluir la conversación tenía raíces mucho más profundas que las de una mera molestia causada por palabras hirientes. Pues Andrea comprendió, desde el momento en que se encontraron que aún amaba profundamente a ese hombre que ahora vestía de negro. Fue pues el miedo lo que la hizo escapar. El sacerdote por su parte, comprendió también instantáneamente que aún deseaba horriblemente el cuerpo de esa mujer. Fue, pues, el miedo lo que lo hizo escapar.
GUSI
(desde la alta fidelidad)
Hay pocas posiciones más cómodas que descansar con los brazos hacia arriba; de espalda y acostada sobre mi cama, estiro los brazos al cielo.
Juego con largos hilos oscuros que cuelgan desde el techo; caen y cosquillean sobre mi cara, se enredan, y soplo para desvanecer los nudos. Las rodillas sueltas, el cuello estirado y ojos entreabiertos –así las luces se convierten en chispas, las hebras en manos que masajean mi piel y los nudos en burbujas negras que desvío con puro aliento-.
Tú estas acostado también, no sé bien que haces, pero estás ahí hace un buen rato.
Mi atención se divide entonces en sólo dos puntos esenciales: los hilos y la conciencia de que nuestro único contacto son los pies- sólo por eso, sé que estás ahí-.
Pero es un roce intencionado, de tal cuidado que, me doy cuenta quieres dejarte estar ahí. Hace tiempo no presenciaba un trabajo con ese nivel de dedicación.
Veo de reojo y entre sombras producidas por la persiana que corta la luz en delgadas franjas, te veo encender un cigarro con un fósoforo, inhalar, cerrar los ojos y botar el humo en ondas que se mezclan con las hojas del ficus en segundo plano.
Me gusta (me gustas) porque esperas –gratuitamente- que el fósforo casi queme tu dedos.
(Sonido fuera de campo: cortos, guturales, blandos, insistentes e intermitentes... no olvidar tontos)
-Si te lo pidiera, ¿la matarías por mi? ¿Te conté que ya lo hicieron una vez?,dije.
Hace casi un año, me despertó (habíamos dormido juntos) me miró con sus ojos azules… no, celestes y grises. Los ojos más lindos que he visto, lástima que se le iba uno -nada radical- aunque de todos modos no me importaba, algo oscuro, medio maldito, incluso de locura tenía que me seducía y permitía obviar la falla fisiológica.
Quería que lo acompañara, que fuese tras él, y en ese estado, a esa hora, y sobre todo tratándose de él, lo hubiese seguido a cualquier parte.
Media dormida, media mal genio, media hora me tomó bajar. Así caminó y caminé -siempre dándome la espalda- bajó la escalera, y bajé, impuso un ritmo lento y solemne, y lo seguí. Supuse algo de gravedad me esperaba entre la cocina y la calle.
Hasta el minuto en que decidió dejarme, nos tuvimos respeto, tal vez un poco de miedo, pero más que nada, una gran complicidad. Ya ido, lo busqué y rastreé, incluso ofrecí recompensa por su captura o información, pero nuestra relación se había establecido de ese modo desde un comienzo: falsa fidelidad.
Yo veía su espalda desde la altura, desde atrás, flotando unos escalones arriba. Aún en sueño con los ojos chinos, la boca hinchada, el pelo en la cara y el vestido corto que usaba –uso- para dormir, éste todavía tibio cortando el aire de aproximados 12 grados, generando una extraña corriente que me hacía tener piel de gallina.
Él rozaba mis tobillos. Estaba condicionada a obedecerle y él a complacerme.
Me llevó al patio, siempre en silencio.
Y ahí la vi, con las tripas afuera, decapitada. Su cabeza unos metros más allá y sangre de rojo intenso, rojo de entrañas sobre los adoquines plomos que yacen en el centro de mi jardín.
Entre responsabilidad y alegría, eso sentí. Me ofrecía una paloma muerta; lo más repugnantemente hermoso que he visto.
-Lo harías por mi?
Inesperadamente, sin dudar dijo - ¿Realmente quieres que lo haga?
Pensé en decirle que sí, que ahora. Deseaba ser mimada y volver a ver mi patio lleno de plumas, a las hormigas rodeando y festinándose con el cuerpo putrefacto ya en proceso de descomposición. Me veía nuevamente bajando la escalera, temerosa, siguiéndolo ahora a él, pretendiendo no saber que me deparaba el destino que yo misma había construido, para encontrarme y someterme a los ojos vidriosos y blancos de los fragmentos restantes del animal frente a mi puerta.
Aquella tonta plaga ruidosa me tenía harta, incluso habría pagado para su eliminación. Y ahora tenía quien lo hiciera por mí, y por que yo se lo pedía. Pero para esto había un precio mayor; significaba que el humo ya no jugara con las hojas, que la cama perdiera ese peso ideal que me suspendía entre hilos, y por sobretodo, que dejara de jugar con mis dedos del pie, cosa que no había cesado en todo este rato.


Ahí estamos: Chinche o Angélica, Rau, Gusi, lo que se ve tomando sol desde el jardín.
Sin mayor parafernalia explico;
Todos los martes a las veinte y treinta en casa, donde nos turnamos para organizar la cena. Somos el panel estable -evidente, es nuestra casa- pero con apertura ojalá siempre por lo menos a un invitado. Lo importante: si se come, se escribe un cuento, sino.. muérase de hambre o envidia, porque la comida y sobretodo la compañía, es buena.
Todos escribimos sobre el mismo tema -una de las pocas cosas democráticas que nos van quedando, además del acceso a la información del festival de viña- y a la hora de comer, se lee.
(lo genial; no es de mala educación comer y escuchar, si además somos vanguardistas)
Los cuentos se publicarán en este blog.
Si quieren participar, háganse notar: nos escriben, llaman, visitan, acosan, postean. Ahí uds.
Atentamente,
Soto Valenzuela Ávalos.