miércoles, 27 de febrero de 2008

Tema: Sexo con Amor

Raul, Chinche con licencia, Gusi.
Invitado estrella: Jose E.

RAU

Sexo con Amor

Igor, mi compañero de colegio llegó agitado esa mañana a clases. Estudiábamos en el Colegio de los Sagrados Corazones, y la disciplina era estricta. Un rezo en la mañana y misa obligatoria los miércoles en la capilla del colegio…, y silencio absoluto durante las clases.

En el recreo, Igor por fin, pudo dar rienda suelta a su inquietud…

Era un joven judío-ruso, hijo de un próspero comerciante en telas, que había llegado a comienzos de la revolución rusa. Se había casado con chilena, pero continuaba manteniendo las tradiciones de su país.

Egor ¡!, …le había dicho la noche anterior, en su tosco español. Tu ya cumpliste 15 años, y debes transformarte en un hombre. Aquí tienes un adicional a tu mesada, para que vayas a prostitutas…!!

Igor, recibió esta noticia como una orden de su padre, y recurrió a nosotros, sus íntimos amigos, para elaborar una estrategia. Ninguno de nosotros teníamos experiencia en esas lídes, y nos manteníamos aún vírgenes en ese colegio de hombres, y sin ninguna instrucción en la materia.

La mesada de su padre alcanzaba para el grupo completo, formado por 4 compañeros. De modo que esa tarde de invierno, arropados hasta la cabeza, decidimos valientemente salir a explorar el territorio.

Nos encaminamos a los prostíbulos de Valparaíso, en la zona bohemia del puerto, famosa por sus bares y cantinas de mala muerte. Nos bajamos en el barrio del mercado, y comenzamos a recorrer las calles para encontrar el antro que nos acomodara. Ya estaba anocheciendo cuando llegamos a la zona roja. Sonaba música de tango, y en la puerta aparecían mujeres insinuantes, que susurraban a los peatones.

Con ánimo de boy scout ingresamos al recinto, débilmente iluminado, y con voz ronca, para que no se descubriera nuestra corta edad, solicitamos que nos trajeran a las mujeres. Nos hicieron pasar a un salón interior, donde había dos parejas bailando, y un gruposurtido de mujeres reposaban sobre los sillones. Al piano un marica cantaba un cuplé, siendo coreado lánguidamente por el grupo… Nos sentaron en una pequeña mesa en torno a la pista, y pedimos un jarro de cleri. A medida que nuestros ojos se acostumbraban a la oscuridad era posible observar a los bailarines. Uno parecía un campesino enano, con su poncho de castillo negro, bailando con una gorda descomunal. El otro era un hombre extremadamente flaco, vestido con una chaqueta grasienta y corbata, que se entretenía en meter las manos entre las nalgas de su acompañante. Lo hacía con tal concentración, como en un proceso de auscultación, que Igor seriamente comentó que debiera ser médico…

Ya teníamos nuestro jarro de vino consumido, cuando apareció la regenta, para apurar nuestra elección.

Ya chiquillos, nos dijo. Busquen a su mina, rapidito, antes que se les haga muy tarde. Y miró hacia el grupo de mujeres que fumaban en torno a un bracero en el suelo.

Uno a uno nos fuimos incorporando. La primera elección se le dejamos a Igor, quien en su papel de financista del grupo tenía el privilegio de elegir a la mas bella. Yo fui el último en aproximarme.

Solo quedaban 2 mujeres disponibles. Eran bajas y macizas, vestidas de oscuro, que en silencio me miraban atentamente, sin soltar sus cigarrillos. Instintivamente elegí a la que me pareció mas joven. Me tomó de la mano, y me condujo hacia la escala. En el segundo piso ingresamos a una pequeña pieza, donde había una silla, una cama de una plaza, y un lavatorio de porcelana sobre un atril metálico, con un jarro para lavarse.

Desde la ventana se veía el brillo de las luces de neón de un letrero cercano, que cambiaba sus colores con intermitencia. Se escuchaba la música sobrepuesta de los bares cercanos, y uno que otro grito de algún borracho pendenciero.

La Pepi, que así se llamaba, abrió la cama y apareció una sábana de dudosa limpieza, que se distinguía apenas a la débil luz de la lámpara. A continuación se sacó el chall negro que tenía sobre los hombros y se quedó mirándome. Yo me saqué la bufanda, y el grueso abrigo, y lo dejé sobre la silla. El frío y la humedad de la pieza se me enterraba en el cuerpo.

Era mi primera aproximación con una mujer, de modo que estaba desconcertado y no me sabía el ritual que correspondía. Lo primero que hice fue abrazarla, y comencé a besarle el rostro, y a agarrarle el trasero. Solo sentía su olor a transpiración seca, y una sensación de asco.

Cuando intenté darle un beso en la boca, me paró en seco. Me dijo, oye gueón, viniste a culiar o a atracar ???

Inmediatamente, se desnudó completamente y se metió en la cama. Yo la seguí velozmente, pero sabía de antemano que me dirigía a una batalla en la que no saldría victorioso. Pasé los primeros minutos recorriendo ese cuerpo de cachalote helado. Cuando me aproximé a su sexo, un olor putrefacto me dejó inmovilizado… Me quedé paralizado, sin mover un solo músculo, helado como témpano, con la líbido en cero…

La Pepi, en ese momento sacó a relucir sus conocimientos de sicología. No tienes ganas ?, me dijo . No te preocupes, - me consoló, - a muchos no se les para la primera vez, pero si vuelves, te apuesto que te resulta. Además yo no le voy a decir nada a tus amigos, así que tranquilo…..Pero eso si que tenís que puro pagarme ….!! Porque esta gueá no es gratis.

Le entregué el billete arrugado que me había pasado Igor con anticipación, y procedí a vestirme nuevamente, temblando.

No solo era el frío de la habitación lo que me hacía temblar, era el descubrimiento profundo de que el sexo sin amor, me dejaba sin alma, sin esencia, sin humanidad…

Mi inicio sexual llegaría muy pronto, de la mano de un gran amor…, pero eso es otra historia.

JOSE

Medias Palabras

Se abrazaron cariñosamente. Hacía unos diez años que no se veían, y ambos se sorprendieron al comprobar lo poco que habían cambiado. Con la excepción, claro, del hábito que ahora Tomás vestía.

Andrea y Tomás se habían conocido en la facultad de psicología donde fueron compañeros durante cuatro años. Al quinto año Tomás abandonó inesperadamente la universidad y entró al seminario. Desde entonces ambos perdieron contacto, pese a la profunda amistad que durante cuatro años los unió. Algunas semanas atrás se habían topado casualmente en la calle, y ya que ambos tenían cosas que hacer al momento, quedaron de juntarse luego a beber un café, o algo por el estilo.

Luego de perder unos quince minutos en las estúpidas preguntas de rigor que conforman toda conversación entre dos desconocidos, se sintieron ya en confianza para conversar como los amigos que –los dos lo sabían desde un principio– aún eran.

– Nunca dejó de sorprenderme que tomaras la decisión de hacerte sacerdote, Tomás. Incluso ahora que te veo uniformado, me parece algo francamente incomprensible.

Tomás sonrió, dejando la taza sobre la mesa. Sin duda esperaba esta clase de comentario por parte de su antigua amiga. Tenía pues la respuesta a flor de boca,

– ¿Por qué lo dices? Siempre supiste de mis inclinaciones religiosas. Creo incluso haber conversado contigo algunas veces sobre ello.

– Es verdad –respondió Andrea–, pero aquello de lo que entonces sabía sobre todo era de tu

inclinación por las mujeres. Y de eso sí que conversábamos, casi todos los días. Dicho sea de paso, la inclinación esta no era muy mística ni pura que digamos. –Tomás miró hacia el lado, intentando tal vez esquivar el tema. Andrea, que así interpretó su gesto continuó sin embargo– No pasaba mes del año en que no estuvieras envuelto con alguna chica. Y tus affaires no se limitaban a ir a tomar helado o ver películas con ellas. Eras un donjuán y también, dicho en buen chileno, un calentón. –Andrea rió de buena gana. Tomás rió también, aunque no tan entusiasta. Bebieron ambos un sorbo de café.

– Te concedo que me gustaba mucho salir con mujeres, pero en lo de calentón te equivocas. No te voy a negar que me acosté con muchas de ellas, pero precisamente estas experiencias me enseñaron que el sexo está sobrevalorado. El amor en cambio, que los católicos llamamos caridad, es algo que comprendí sí tiene un valor que... –Tomás no pudo terminar la frase. Andrea, haciendo un gesto desaprobatorio con la mano lo interrumpió bruscamente.

– Por favor Tomás... si hay algo sobrevalorado en el mundo, eso es precisamente el amor... o caridad, como tu lo llamas. –Tomás no disimuló su sorpresa. Según recordaba, Andrea solía hablar sinceramente del amor como de algo a lo que deseaba consagrar su vida.

– Parece ser –respondió el sacerdote– que ahora el sorprendido soy yo. Te recordaba como una persona más bien romántica. Además, según he sabido, siempre has mantenido relaciones largas...

– Eso fue hace tiempo Tomás. Hace bastante que dejé esas ideas ingenuas sobre el amor. Y sí, es verdad; he mantenido varias relaciones “duraderas” –dijo haciendo un gesto de cremillas con los dedos– Pero por frívolo que te parezca, ha sido con el objeto de tener un cuerpo al que abrazarme cuando termina el día. Precisamente por el sexo, que tu tildas de sobrevalorado, y que, te digo, es lo único que realmente mantiene a dos personas juntas. El resto son boberías.

– Pero –preguntó inquisitivo Tomás– ¿por qué darse entonces la molestia de mantenerse con una persona, y no más bien con cualquiera que se te cruce cada día por enfrente?

A Andrea no le gustó el tono de Tomás. Dibujando una mueca le contestó irónicamente

– Piénsalo como una inversión. El buen sexo con ustedes los hombres no es cosa fácil, aunque trabajándolo, mejora con el tiempo. Por eso cambiar de pareja a cada momento es equivalente a comenzar siempre de cero. Tú, Tomás, debieras saberlo mejor que nadie...

Hubo un largo silencio que heló el ambiente. Un minuto después reanudaron la conversación cambiando de tema. Pero ambos habían vuelto ahora a comportarse como dos extraños, y los quince minutos más que duró su reunión los llevaron ambos penosamente mediante el absurdo blabla de rigor al que ya nos referimos. Se despidieron luego apresuradamente y emprendieron ambos su camino.

Pero el motivo de su repentina incomodidad y su posterior prisa por concluir la conversación tenía raíces mucho más profundas que las de una mera molestia causada por palabras hirientes. Pues Andrea comprendió, desde el momento en que se encontraron que aún amaba profundamente a ese hombre que ahora vestía de negro. Fue pues el miedo lo que la hizo escapar. El sacerdote por su parte, comprendió también instantáneamente que aún deseaba horriblemente el cuerpo de esa mujer. Fue, pues, el miedo lo que lo hizo escapar.

GUSI

(desde la alta fidelidad)

Hay pocas posiciones más cómodas que descansar con los brazos hacia arriba; de espalda y acostada sobre mi cama, estiro los brazos al cielo.

Juego con largos hilos oscuros que cuelgan desde el techo; caen y cosquillean sobre mi cara, se enredan, y soplo para desvanecer los nudos. Las rodillas sueltas, el cuello estirado y ojos entreabiertos –así las luces se convierten en chispas, las hebras en manos que masajean mi piel y los nudos en burbujas negras que desvío con puro aliento-.

Tú estas acostado también, no sé bien que haces, pero estás ahí hace un buen rato.
Mi atención se divide entonces en sólo dos puntos esenciales: los hilos y la conciencia de que nuestro único contacto son los pies- sólo por eso, sé que estás ahí-.

Pero es un roce intencionado, de tal cuidado que, me doy cuenta quieres dejarte estar ahí. Hace tiempo no presenciaba un trabajo con ese nivel de dedicación.

Veo de reojo y entre sombras producidas por la persiana que corta la luz en delgadas franjas, te veo encender un cigarro con un fósoforo, inhalar, cerrar los ojos y botar el humo en ondas que se mezclan con las hojas del ficus en segundo plano.

Me gusta (me gustas) porque esperas –gratuitamente- que el fósforo casi queme tu dedos.

(Sonido fuera de campo: cortos, guturales, blandos, insistentes e intermitentes... no olvidar tontos)

-Si te lo pidiera, ¿la matarías por mi? ¿Te conté que ya lo hicieron una vez?,dije.

Hace casi un año, me despertó (habíamos dormido juntos) me miró con sus ojos azules… no, celestes y grises. Los ojos más lindos que he visto, lástima que se le iba uno -nada radical- aunque de todos modos no me importaba, algo oscuro, medio maldito, incluso de locura tenía que me seducía y permitía obviar la falla fisiológica.

Quería que lo acompañara, que fuese tras él, y en ese estado, a esa hora, y sobre todo tratándose de él, lo hubiese seguido a cualquier parte.

Media dormida, media mal genio, media hora me tomó bajar. Así caminó y caminé -siempre dándome la espalda- bajó la escalera, y bajé, impuso un ritmo lento y solemne, y lo seguí. Supuse algo de gravedad me esperaba entre la cocina y la calle.

Hasta el minuto en que decidió dejarme, nos tuvimos respeto, tal vez un poco de miedo, pero más que nada, una gran complicidad. Ya ido, lo busqué y rastreé, incluso ofrecí recompensa por su captura o información, pero nuestra relación se había establecido de ese modo desde un comienzo: falsa fidelidad.

Yo veía su espalda desde la altura, desde atrás, flotando unos escalones arriba. Aún en sueño con los ojos chinos, la boca hinchada, el pelo en la cara y el vestido corto que usaba –uso- para dormir, éste todavía tibio cortando el aire de aproximados 12 grados, generando una extraña corriente que me hacía tener piel de gallina.

Él rozaba mis tobillos. Estaba condicionada a obedecerle y él a complacerme.
Me llevó al patio, siempre en silencio.

Y ahí la vi, con las tripas afuera, decapitada. Su cabeza unos metros más allá y sangre de rojo intenso, rojo de entrañas sobre los adoquines plomos que yacen en el centro de mi jardín.

Entre responsabilidad y alegría, eso sentí. Me ofrecía una paloma muerta; lo más repugnantemente hermoso que he visto.

-Lo harías por mi?

Inesperadamente, sin dudar dijo - ¿Realmente quieres que lo haga?

Pensé en decirle que sí, que ahora. Deseaba ser mimada y volver a ver mi patio lleno de plumas, a las hormigas rodeando y festinándose con el cuerpo putrefacto ya en proceso de descomposición. Me veía nuevamente bajando la escalera, temerosa, siguiéndolo ahora a él, pretendiendo no saber que me deparaba el destino que yo misma había construido, para encontrarme y someterme a los ojos vidriosos y blancos de los fragmentos restantes del animal frente a mi puerta.


Aquella tonta plaga ruidosa me tenía harta, incluso habría pagado para su eliminación. Y ahora tenía quien lo hiciera por mí, y por que yo se lo pedía. Pero para esto había un precio mayor; significaba que el humo ya no jugara con las hojas, que la cama perdiera ese peso ideal que me suspendía entre hilos, y por sobretodo, que dejara de jugar con mis dedos del pie, cosa que no había cesado en todo este rato.


-No. Está bien.

Nos quedamos en la cama ahí toda la tarde, y ya no recuerdo bien si se escuchaba el animal afuera de mi ventana.


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